lunes, 19 de septiembre de 2011

Cuando la ciencia y el teatro conviven en fiesta

Por Carlos Fos



El ritual y sus estilizaciones e hibridaciones con prácticas escénicas modernas puede ser díscolo a los deseos de un teatro burgués. En contacto con estas formas teatrales, la identidad cultural entendida desde categorías intelectuales reactivas a los cambios que el devenir propone, es capaz de marcar su huella de autenticidad. Tiene la oportunidad de organizarse como un entramado simbólico que, alejado de las cárceles de la homogeneidad, se lanza con atrevimiento a la tarea de atrapar fugazmente un cosmos en movimiento. Y para ello utilizará mecanismos de percepción, de praxis y de sabiduría que definen a una sociedad en particular; dispositivos que exigirán comprenderla como un cuerpo preparado para alcanzar asociaciones plurales abiertas, más allá de los pequeños tabiques de la pureza originaria. En la actualidad se da un principio de diálogo, de cierta horizontalidad, en el que se producen trueques entre formulaciones tradicionales y otras de ruptura. El teatro investiga estos trueques voluntarios y se articula como uno más, en la medida en que armoniza los imaginarios individuales con las síntesis colectivas que realiza la sociedad en que aquéllos se insertan. En el caso particular de América Latina, estos imaginarios deben verse como un proceso en construcción y reinvención constante. Y es en este proceso, como varios críticos lo han señalado, donde la aportación de los dramaturgos y teatristas en la línea de la búsqueda de la identidad con la realidad histórica es absolutamente decisiva. La exploración de los hombres de la escena se dirige hacia la fiesta, como encuentro que integra en la diversidad. En la última década, es posible detectar productos elaborados por grupo teatrales que promueven el intercambio de procedimientos pertenecientes a culturas que nunca se hallaron en pie de igualdad. También hay una necesidad de recuperar el sentido festivo, en sociedades a las que se les robó el cuerpo real y el sagrado, convirtiéndolo en cuerpo dócil u objeto. La violencia cobró una fuerza incontenible, borrando las heterogeneidades que nos dan vida y tomando víctimas sacrificiales ineficaces. En ese clima de violencia recíproca, los teatristas han elegido encontrarse, sumarse a la celebración que nos propone el acontecimiento dramático, sin mediaciones. En ese camino de reunión, regeneradora del entramado del colectivo, se hallan los festivales. Con su energía particular, con sus propuestas variadas, que invitan al fogón de la existencia a aquéllos que resisten la oclusión de los convivios. Hemos sido testigos en Santa Fe de un Festival que aunó dos categorías que muchos consideraban excluyentes o sólo complementarias parcialmente. Teatro y ciencia han ido de la mano en Occidente desde las primeras formulaciones que los helenos hicieron en ambos campos. Ciencias humanas, pero también las denominadas duras, han sido temáticas de los textos y han acompañado las ofertas estéticas, permitiéndoles a los teatristas incorporar nuevas tecnologías en escena. Del camino y los juglares a la tramoya y los dispositivos de las salas isabelinas y del Siglo de Oro. De las luces como ambientación, a los estudios de la física aplicada en las ideas de Appia. El concepto de espacio revisado por los directores en el siglo XX, ayudados por los conocimientos extraídos de las ciencias y el primer escenario, el cuerpo, revisitado por la biomecánica de Meyerhold. Alquimia, filosofía, psicología, antropología se han sumado a las visiones sacras y mágicas, enriqueciendo al hacedor teatral y al campo en general. Los conjuntos, sin el deseo de incorporar instancias exóticas a sus ofertas estéticas, utilizan instrumentos de las ciencias sociales para comprender mejor el material que utilizan. Esta reflexión imprescindible pondrá en crisis las ideas germinales con que el grupo de artistas inició su investigación. A medida que se aleje de estos reduccionismos lógicos, resultado del desconocimiento y de la postura europocéntrica en que fue formado, las posibilidades de reelaborar una poética sacra o ser atrapado por la lógica de criterios filosóficos profundos en una obra teatral respetable serán mayores. Ciencia que como tema se repite en obras como El alquimista de Jonson, Galileo Galilei de Brecht o Copenhague de Frayn, pero que siempre iluminó el discurso de los dramaturgos, para asirse de ella o intentar negarla. Estas cuestiones fueron debatidas, sin desear respuestas definitivas, en Santa Fe, cuando ambas categorías demostraron su poder de diálogo.

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